16 abr 2020

UN DOMINGO DE RAMOS

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Por Titortiz
Sucedió un 6 de marzo de 1946.
En un caluroso y tranquilo Domingo de Ramos por la tarde, meciéndose suavemente en el swing colgado del techo del porche de la Casa del Pino en el Barrio Buenos Aires de Tegucigalpa, las dos amigas platicaban amenamente, cuando de repente, una de ellas interrumpió la conversación y señaló con su dedo índice hacia la calle de tierra, para que la otra viera al hombre que iba pasando por enfrente, como buscando una dirección. Eran mi abuelita Toña y mi madrina Tona. Grandes amigas. Mi madrina Tona, al mismo tiempo que lo señalaba, se le dibujaba una sonrisa burlona en su rostro y mi abuelita Toña dijo quedito: Es un pachuco.

El hombre trigueño, de buen cuerpo, de treinta años de edad, vestido de una manera extraña, sus pantalones y camisa, como sus zapatos de dos tonos, como era la moda de vestirse en los Estados Unidos, un año después de que terminara la Segunda Guerra Mundial. Recién había regresado al país de cursar una beca que la Fuerza Aérea Hondureña le había otorgado para estudiar Mecánica de Aviación por dos años en Tulsa, Oklahoma y New York. Se llamaba Roberto Ortiz Almendárez.
Cual fue la sorpresa cuando el hombre se dirigió a ellas y preguntó que si sabían cual era la casa de la señorita Alicia Henriquez. Las dos se quedaron viendo sorprendidas y le dijeron: Aquí. ¿Que deseaba?
Él les contestó: Vengo a visitarla.


Era Semana Santa. Los altares de las iglesias estaban solemnemente decorados con telas moradas.
El día anterior habían llegado a las iglesias de La Catedral y Los Dolores, los campesinos con sus aromáticas palmas y se instalaron en sus atrios, para elaborar las cruces tradicionales y los ramos de la venta, para ser bendecidos en la misa del domingo, celebrando la entrada triunfal de Jesucristo a Jerusalén.


Las calles del centro estaban atiborradas de fieles cristianos, que con emoción y respeto, deseaban presenciar las famosas procesiones.
Los asistentes vestían sus mejores galas pues andaba todo el mundo conocido. Las señoras mayores con su chal puesto, niños agarrados de las manos de sus padres, sombrillas de vistosos colores por doquier, policías mantenían el orden uniformados de kaki, con manga larga, sombrero de cazador del mismo color, estilo Salacot, que utilizaban los ejércitos coloniales en lugares cálidos como Africa y Asia. Un correaje de cuero negro cruzado en el pecho con una corbata negra también, haciendo juego.
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Deambulando por las calles andaba Camaradita, el loquito del pueblo, respondiendo amablemente los saludos de los transeúntes con que se encontraba, que le decían "Camaradita" y el les contestaba levantando su brazo derecho con la mano abierta mientras decía la palabra "Camarada".
Las calles de alrededor se veían desiertas.
Era el tiempo en que se comía el oloroso pescado seco, en el que no se debería jugar cartas.
El Viernes Santo uno no se podía bañar, pues se convertiría en pescado y los automóviles no se sacaban de los garajes pues la gente los podría apedrear por la falta de respeto, gritándoles "Judíos" a los conductores.
Roberto Ortiz Almendárez no se pudo transportar en su gran motocicleta negra Harley Davidson con su "Sidecar".
Se fue al centro caminando en compañía de su buen amigo Jorge A. Torres, Capitán de Aviación y que en el futuro sería el Gerente de SAHSA.

En medio del gentío vió una muchacha que resaltaba por su belleza. Era como que si un reflector la enfocara a ella solamente. Se llamaba Alicia. Tenía 20 años. Andaba acompañada por Amalia, prima de su madre. Roberto agarró valor y se le presentó.
Esa misma tarde llegó a visitarla.
Roberto y Alicia se casaron ese año. Mis padres.

Las fotos fueron tomadas de Internet. Excepto la de mis padres.
Tito

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