El nuevo cementerio para la ciudad, se inauguró en 1877 en el gobierno del Dr. Marco Aurelio Soto, en un amplio terreno ubicado en el sector oriental de Comayagüela, conocido como Sipile, que años después dio origen a un reparto habitacional llamado la colonia Soto, construyéndole un hermoso muro con su entrada de arco, donde puede observarse la influencia de la arquitectura colonial.
A finales de la década de los veinte, se levantó a la izquierda de la entrada principal, la capilla del Señor de las Misericordias, sitio destinado al oficio de las misas para los difuntos, y se construyeron en ambos laterales nichos para sepultar a las personas que fallecían sin contar con familiares que no eran poseedores de lotes que eran vendidos por la municipalidad.
Cuando el sitio de Tegucigalpa en la revolución de 1924, centenares de combatientes que cayeron en las intensas batallas que se libraron, la mayoría defendiendo al gobierno del general López Gutiérrez, fueron enterrados en horas de la noche en la parte que se conocía como el Viejo Cementerio, porque a la luz del día era imposible llegar al camposanto ante el asedio que mantenían sobre la ciudad las baterías de morteros y ametralladoras apostadas por el general Vicente Tosta, en el cerro “El Berrinche”. Otros, los que se descomponían en las calles y no era posible sepultarlos, eran cremados en el lugar donde habían caído.
En las décadas de los treinta y los cuarenta, el cementerio de la capital hondureña ya mostraba hermosos mausoleos que se levantaron en los dos sectores, y se destinó un amplio terreno en el extremo sur oriental en la elevación conocida como Sipile con pequeños predios para enterrar a la gente que no tenía recursos económicos.
Los primeros monumentos funerarios que recordamos, la capilla de pura piedra que levantó don Santos Soto al final de la calle principal, considerada por muchos años el mausoleo de mayor majestuosidad en el camposanto de la capital hondureña.
Años después, la colonia china levantó otro hermoso mausoleo con líneas arquitectónicas orientales y donde descansan los más sobresalientes ciudadanos originarios de China como los Yu-Shan, los Quan, los León, los Waiming , los Yu-Way y otros miembros de las distinguidas familias que formaban lo más selecto de aquella inmigración.
Casa eterna de ilustres hondureños, las tumbas de expresidentes, literatos, militares, renombrados políticos, artistas y miembros sobresalientes de la sociedad capitalina, se levantan en el lugar destinado para el descanso de sus restos mortales.
Un hermoso libro confeccionado con piedra de nuestras canteras por Augusto Bressani, guarda para la eternidad al insigne escritor, poeta, historiador y político Dr. Ramón Rosa. El inmenso libro simboliza la profusa vida dedicada al estudio por tan ilustre hijo de Tegucigalpa.
Con un busto que recuerda su egregia figura, dirigiendo su mirada labrada en el mármol hacia su querida Comayagüela la tumba del más grande de los poetas hondureños, Juan Ramón Molina, se levanta en el sector izquierdo desafiando al oriente, por cuyo punto cardinal su tierra natal le dejó a su alma la oportunidad de atisbar desde el más allá el desfile de caballeros haciendo sonar sus roncos olifantes con cuyas fanfarrias saludó el bardo a los poetas brasileros, y a las sirenas que en su imaginación poética nadaban por el río Choluteca.
Una pirámide de nuestra piedra rosada, resguardada por un ángel que pedía silencio para no despertar a un león que dormía a la entrada de la cripta, guardaba los restos del Dr. Policarpo Bonilla. La obra fue realizada por el arquitecto italiano Augusto Bressani, constructor de la vieja Casa Presidencial y el Palacio Municipal, el conjunto de arte en mármol ya no existe, fue destruido por los delincuentes que se han posesionado del camposanto y la cripta fue sellada porque la profanaron los mareros que pululan en ese sector.
Tomado de La Tribuna
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