16 abr 2020

LOS RECUERDOS NADIE ME LOS QUITA


El VIAJE DE VACACIONES, DRIVE-IN EL PINGÜINO,
EL PREMIO. EL VIAJE DE VACACIONES
Roberto(Tito) Ortiz
Cuando tenía 5 años de edad nos fuimos, mi madre y mi hermano Reniery, tres años menor que yo, a pasar las vacaciones a Long Beach, California. Ibamos a visitar a los abuelos.

Desde el comienzo nuestro viaje fue una aventura. Era la segunda vez que volaba en un avión. Qué maravilla. Tomamos aquella gran nave de cuatro motores de Pan American Airways en el aeropuerto Toncontín de Tegucigalpa, capital de Honduras. Pedí ir sentado junto a la ventanilla, colocándome el cinturón de seguridad una azafata y oyendo al mismo tiempo la voz ronca del capitán dándonos la bienvenida por un parlante, y después de corretear por la pista a toda velocidad y sentir mi cuerpo como se presionaba contra el asiento al despegar, pude ver como los carros y las casas se hacían pequeños allá abajo, tal como Peter Pan y sus niños veían al volar sobre la ciudad.

Aeromozas guapísimas y uniformadas de azul celeste, portando pequeños sombreros del mismo color sobre sus cabezas, nos atendían finamente durante el vuelo. Nuestras voces apenas se entendían por el ruido ensordecedor de los motores, y al apoyar la frente en la ventanilla para ver las nubes de cerca, la vibración hacía que sintiera un cosquilleo en los oídos. Hicimos escala en Ciudad Guatemala y México D.F.

Al llegar a Los Estados Unidos de madrugada, el encuentro con la familia me avergonzó por los gritos de alegría de mis tias al vernos salir de la aduana. Al salir del aeropuerto de Los Angeles, todavía no existía el "Theme Building", una estructura con arcos que parece un platillo volador. Este fué construido hasta en 1961. No existían los freeways , así que tomamos la Calle Figueroa que nos llevaría directamente hasta Long Beach. Ibamos con frio en aquel carro Chevrolet, color negro, modelo 50, toda la familia. Mis abuelos, mis tías, Laura de 13 años y Ana de 9 y nosotros. Era un poco más de una hora de camino. Las calles anchísimas de varios carriles en las dos direcciones. Los carros lindos. rótulos brillantes y luminosos en los locales comerciales en ambos lados de la calle y grandes vallas publicitarias bien iluminadas,todas con anuncios en inglés que yo no entendía.
La imagen puede contener: 4 personas, interiorSemáforos nunca antes vistos en las esquinas de las calles y mientras avanzabamos mi abuelito me explicaba el significado de los colores y que si manteníamos cierta velocidad con el semáforo en verde nunca nos ibamos a topar con una luz roja. Era la manera más rapida de llegar.
Al fin llegamos a aquella casa que yo veía bella. La casa 1415 Molino Ave. Con un swing en el porsh y un arco de maderas entrelazadas para que la enredadera subiera por él. Ninguna casa tenía cerco. Todas con la grama bien cuidada. Tenía dos dormitorios. Con alfombra en la sala y linoleo con patrones geométricos impresos y ya gastados por el uso continuo en ciertas areas, en el comedor y en la cocina. Esa casa tenía cosas fantásticas, como un sofá en la sala que se hacía cama. Allí ibamos a dormir. Una televisión Zenith con su pantalla con las orillas redondeadas.que era como tener un cine en miniatura en la casa. Nunca había visto una. No existía todavía el Control Remoto.

Habían tantas cosas nuevas para nosotros. Todo era como mágico. Un piano, que belleza. Y la tina del baño, increible, de una de las llaves salía agua caliente. Se imaginan. Una lavadora de ropa con un par de rodillos encima para exprimir la ropa y accionados por una manievela para hacerlos girar. Una tostadora de pan y una aspiradora de pisos. También había una pecera con dos goldfish. Nos acostamos cansados del viaje.

Muy temprano al día siguiente nos levantamos a descubrir la casa palmo a palmo. El garaje lo encontramos lleno de tesoros: una bicicleta de mujer, con las llantas anchas, que era de mi tia Ana. No me importó que no tuviera tubo, lo cual significaba que era de mujer, un par de patines, un pizarrón con su borrador y tiza. Un saxofōn de juguete que agarré de encargo. Un vagón rojo de remolque Radio Flyer.

Inmediatamente tomamos la bicicleta, yo ya sabía como andar en ella, y amarrando el vagön con un lazo, remolqué a mi hermano por la acera alrededor de la casa. Podíamos sentir el olor en el aire, olor a mar. Estabamos a cuadras de la playa. También en una colina cercana llamada Signal Hill, se veían con un movimiento de sube y baja los "Burros" bombeando el petróleo.

Pero una de las cosas que más me impresiónó fue escuchar una música como de campanitas que provenía de un carro blanco con diseños de Ice Cream y con su chofer uniformado de blanco. Mi abuelita paró el carro para comprarnos una paleta y al abrir la puerta trasera pude sentir el delicioso olor a chocolate.

En la tarde los adultos se fueron al supermercado y me dejaron a cargo de Reniery. Nos dijeron que no le abrieramos la puerta a nadie y que nos bañaramos. Aquella tina llena de agua, con espuma y burbujas, parecía una piscina pequeña. El agua deliciosa, caliente. Estabamos los dos hermanos en la tina, cuando se me ocurrió una idea buenísima. Meter a los dos goldfish a la bañera para jugar con ellos en el agua. Me los imaginaba nadando entre nosotros. Nos íbamos a hacer amigos. Pero solo los metí y casi inmediatamente quedaron flotando inmóviles, panza arriba. Sospeché desde un principio lo peor. Más, cuando se dejaron agarrar sin ofrecer ninguna resistensia. Inmediatamente los devolví a la pecera. Mis abuelos bien extrañados de la repentina muerte de sus goldfish y yo haciéndome el loco.

Estabamos sentados en el comedor cuando de repente Reniery de 2 años eructó. Mi mamá hacía un rato les contaba a mis abuelos de como eramos de educados. Decíamos "Compermiso" al levantarnos de la mesa. No nos hurgabamos las narices, ni los oidos, peor la boca. Si nos tirabamos uno ( por puro accidente) decíamos perdón y nunca eructabamos en publico y jamás con sonido. Pero allí estaba Reniery, eructando en público y con sonido. Mi madre avergonzada le dijo: ¿Como se dice Reniery? Y Reniery le dijo orgullosamente: ¡Eructo!.

Que bellas las gradas eléctricas. Se paraba uno encima de ellas y ellas caminaban. Sin dar un paso podíamos subir o bajar al siguiente piso. No digamos el tren haciendo escándalo al pasar a pocas cuadras de la casa.

Fuimos al Drive-In movie a ver King Kong. Podíamos ver la película desde el carro. Se colocaba un parlante adentro del automovil para escuchar la película. Nos llevaron con las piyamas puestas

Viajamos cuatro horas para visitar el zoológico de San Diego, pudiendo ver tanto animal que solo en películas se veían y aquí estaban casi al alcance de la mano.

Nos llevaron a ver el Acuario Marineland of the Pacific, en Palos Verdes, luego fuimos a pasar todo el día al Calico Town Knott's Berry Farm en Buena Park, ya estaba en construcción Disneyland que quedaba muy cerca. Fuimos al Museo de Cera, a Hollywood, China Town y el Observatorio de Giffith Park, pudiendo ver ver los planetas por un teléscopio gigantesco, a museos diferentes, a Medieval Times y en La Arena de Long Beach el famoso circo The Ringling Brothers and Barnum & Bailey con sus tres shows simultaneos en tres anillos en el mismo lugar.
El tiempo pasó volando. Ya era Febrero y estabamos felices de regresar a los brazos de nuestro padre.
Adios Long Beach querido en el país de las maravillas.


Foto tomada en Long Beach la noche que regresábamos a Honduras, mi mamá de blanco con sus ojos llorosos de la tristeza por la despedida. Mi abuelita Toña de negro, mi hermano Reniery de dos años, al terminar nuestras vacaciones y volar de regreso a los brazos de nuestro padre.
DRIVE-IN El PINGÜINO

Me acuerdo de cuando mi papá nos llevaba a mi mamá y a los cipotes al Drive-in El Pingüino. El mesero colocaba el azafate en la ventana del carro. Yo estaba sentado atrás con mis hermanos y mis primas. Pedía como siempre una Banana Split de cincuenta centavos, Reniery pedía un Hot Dog. Y Cuando el mesero traía la orden mi papá iba pasando las cosas para el asiento de atrás, una por una y yo por ser el mayor, las agarraba para su distribución. Eramos seis niños. Tres hermanos y nuestras tres primas. Entonces mi papá decía: Hot Dog. Yo lo agarraba para pasarselo a Reniery y cuando el plato estaba enfrente de mi naríz, que delicia, que olor, ese chorizo, ese repollo. Entonces le pedía a Reniery que cambiaramos la mitad de su hot dog por la mitad de mi banana split. El accedía. Que ricura de hot dog. La próxima ves iba a ser vivo y pedir un Hot Dog.

La próxima vez que fuimos me apresuré a pedir mi hot dog. Reniery pidió una banana split. Cuando mi papá dijo: Banana Split. Yo la agarré para pasarsela a Reniery y allí estaban esas tres bolas de ice cream que toda la vida me habían gustado, como que me quedaran viendo, chocolate, vainilla y fresa. Y la jalea, la jalea de piña. Y la cereza, ay la cereza. Que rica. Y el banano que tanto me gustaba, partido por mitad. Sabroso. Y las galletas mmmmmm! Que tonto soy pensaba, hubiera pedido banana split.

Total, nunca estaba conforme con lo que pedía. Algún día pensaba, algún día voy a poder pedir las dos cosas.


EL PREMIO.
Tenía 10 años y compré en secreto un vigésimo de la Lotería Chica. El número 22. El vigésimo costaba 30 centavos de Lempira. El premio eran 22 Lempiras.

A las diez de la mañana el domingo estaba listo y emocionado para escuchar el sorteo. Y yo, que caiga el dos, que caiga el dos, que caiga el dos. La canasta redonda como jaula en donde estaban las bolitas numéricas que sonaban como maracas mientras giraba a toda velocidad. Cuando paró, un silencio, luego el locutor dijo: para las decenas: (otro silencio) DOS!! El número DOS.

Ya con el corazón agitado, empieza el proceso para el otro número. Y yo, con los ojos cerrados y con la mayor concentración del mundo repetía: dos, dos, dos, dos. Y se detiene el sonido de las bolitas en la jaula, un silencio. El locutor con voz dramática canta: DOS!!! Para las unidades, el número DOS!!!

Yo no cabía de la felicidad. Sin decirle a nadie, bajé la cuesta del Barrio Buenos Aires a paso acelerado y me dirigí hacia el Mercado de Los Dolores y cambié mi vigésimo por Lps.21.50 ya que la cambista cobraba cincuenta centavos de comisión.


Ya en el centro, al lado de Mina F. Mahomar, en una vitrina hacia la calle, estaba el reloj más lindo del mundo. Con agujas invisibles, solo las puntas como de flechas se veían. En la parte de atrás transparente, uno podía ver como se movían las rueditas al trabajar la máquina del reloj. Además en la carátula decía: 17 rubies. ¡Casi nada! Y para rematar, el brazalete de cuero café claro, mi color favorito.
Lo compré por Lps.10.00


Entonces me fuí al cine Palace,la segunda película del matinée era "Museo de Cera". De terror. Entré a palco. Todo estaba oscurísimo, esperé unos segundos para que la pantalla se pusiera clara y poder ver. Ya no habían asientos. Me tuve que sentar en las gradas. Me dió tanto miedo, que a media película me tuve que salir. Para que se me quitara el sinsabor de la película, y recuperar la tranquilidad, decidí irme al Salón Verde. Andaba "cargado" y solo. Me podía dar gusto. Entonces pedí el Hot Dog con una Bananina ( licuado de leche y banano) y de postre mi Banana Split. Que cólera cuando oí a la mesera que me atendió diciéndole a sus compañeras de trabajo en voz baja: miren como come ese gordito. ¡Esa mesera no tuvo propina! Colorín, Colorado, que este cuento se ha acabado.

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